martes, 31 de julio de 2012

LAS AMENAZAS REALES DEL MEDIO AMBIENTE EN AMÉRICA LATINA (primera parte)


Recientemente se llevó a cabo en Colombia la mal llamada “Cumbre de las Américas”, cuya característica fundamental fue la exclusión del pueblo latinoamericano. Marcada principalmente por la ausencia de Cuba y en consecuencia el silencio frente al “Bloqueo” que mantiene los Estados Unidos hacia el hermano pueblo cubano. Súmesele a esto el temprano retiro de los presidentes de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, y de Bolivia, Evo Morales (en solidaridad) tras el silencio sobre el tema de las Malvinas. Y la inconformidad del canciller venezolano, Nicolás Maduro, y del presidente de Ecuador, Rafael Correa,   justo por el “veto” impuesto por Canadá y los Estados Unidos para tratar estos temas.

Nos quedó claro que lo que mueve los lazos políticos de los representantes de estado no son los intereses comunes, como el de hermanar los pueblos y lograr su independencia y soberanía, según el pretendido del ALBA y la CAN, sino, el sistema financiero: el gran capital.

En los últimos días se ha hablado de la “Cumbre de la Tierra”, como se le conoce a  “La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Ambiente y el Desarrollo”. En el que, según objetivos, se buscan alternativas para el mejoramiento del ambiente y el desarrollo sostenible. Sin embargo, como se ha evidenciado por los resultados de la misma, el “Brasil+20”, como también se le conoce a esta cumbre, ha sido un espacio propicio para labrar estrategias en procura de justificar la capitalización de la tierra.

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 Una de las principales estrategias es la “mal información” al respecto de los problemas que amenazan el sano desarrollo del medio ambiente. Recientemente (el 9 de junio de 2012) fue publicado por ELespectador.com que “el aumento de la población y del consumo figuran entre las principales amenazas al medio ambiente en América Latina.” Con unos datos que a primera vista parecen convincentes. Habría que decir que al respecto del aumento de la población como amenaza del medio ambiente, apenas se hace mención en el informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) “Perspectivas del Medio Ambiente Mundial” (GEO5). Lo que hace cuestionable que sea una de las principales amenazas. 

 

 Hace apenas unos años se culpaba a países emergentes como China e India, de ser los responsables del aumento de los precios de los productos para la alimentación, en especial de carne y cereales, argumentado que eran países con un continuo crecimiento poblacional y por ende debían consumir más, pasando de ser países exportadores a importadores. A la pregunta ¿por qué los precios de los productos han aumentado tanto? El investigador del Centro francés de cooperación Internacional de investigación Agrónoma para el Desarrollo (CIRAD), Nicolas Bricas, respondió: “Las costumbres de consumo están en pleno cambio en China y en la India, donde el poder de compra tiende a aumentar. Como resultado, la demanda aumenta enormemente. Las poblaciones quieren comprar más y reclaman una mejor alimentación. Consumen más carne. Para su ganado, los criadores necesitan cultivar más extensión de forrajes. Todo esto estimula el aumento de los precios de los alimentos en su globalidad. A escala internacional, las tarifas agrícolas también han aumentado a causa de su desregulación”.

 

 

Y así China e India resultan responsables del alza de los precios de los productos para la alimentación a nivel global. Aunque en el caso de India, por ejemplo, todo era una treta de los socios de la Organización Mundial de Comercio (OMC) para incrementar su capital. Según Eric Toussaint: “El gobierno indio de Singh, que es un buen alumno liberal, suprimió a partir de 2006 todos los derechos de aduana para las importaciones de trigo. Ese año, por primera vez desde 2001, la India importó una gran cantidad de trigo (6.7 millones de toneladas) mayor que la que exportó (0.6 millones de toneladas). Se trataba de una política deliberada del Gobierno, satisfacer a sus socios de la OMC y comprar en el mercado mundial de trigo a un precio inferior al requerido por los productores locales”. 

 

 Valga aquí la siguiente aclaración de Eric Toussaint: “hay que señalar que si bien la India fue importadora de trigo durante este periodo de 2006, continuó siendo una exportadora neta de cereales gracias a sus exportaciones de arroz y maíz”.

 

 Ahora se pretende argumentar que el aumento de la población en Latinoamérica es lo que ha devenido y deviene en el deterioro de los ambientes naturales. Algo realmente cuestionable. Por qué echarle la culpa al aumento de la población cuando el verdadero culpable es el gran capital, representado en las trasnacionales. 

 

Mario Domínguez

Fuente: La Jornada

16 de julio de 2012

miércoles, 27 de junio de 2012

LA FILOSOFÍA COMO SABER DE LA ESPERANZA V

"AUTOPOIESIS"

La esperanza a la que nos hemos referido en cada una de las líneas aquí presentadas es totalizadora, vincula, une, no es fragmentaria; refiere tanto lo que es –lo real-, como lo que puede ser –lo real posible-; no se desliga de la vida mundana para referirse a una vida celeste pues ese ha sido el error de toda visión escatológica. Ella tiene que estar enraizada y fundamentada en el ser que habita y el mundo que es el habitado, de lo contrario ni la vida del ser-en-el-mundo, ni el mundo como habitación del hombre tendrían razón de ser. 

No hay desligación de ninguna realidad, sino que se trata de hacer coincidir, como garante de felicidad, todas las realidades posibles del hombre: tanto el mundo interior como el mundo exterior.  “Cuando esto sucede es fiesta para el alma y merece la pena vivir”[1]. La esperanza permite hacer coincidir estos dos mundos ¿De qué manera? En la medida en que es el hombre pensándose a sí mismo, desde una realidad en la que está inmerso, en perspectiva de futuro.

            Los hombres no somos “ángeles” o seres “celestiales” que vivimos con auroras resplandecientes sobre nuestra existencia, no vivimos fuera del mundo. Y es tal la certeza que tenemos de ello que postulamos y abogamos por una esperanza que lo decora, lo armoniza, lo hace habitable. El mundo está en estado de fragmento, la esperanza toma cada uno y lo organiza, de esta forma decimos que lo recrea. Al hombre lo hace conciente de su finitud, de su obligación para consigo mismo, con sus iguales y con su habitación. Es tal su virtud que, incluso, no sería erróneo decir que ella es en esencia poesía.  Corroborando lo dicho nos dice María Zambrano:

“El poeta, en su poema crea una unidad con la palabra esas palabras que tratan de apresar  lo más tenue, lo más alado, lo más distinto de cada cosa, de cada instante. El poema es ya la unidad no oculta, sino presente; la unidad realizada, diríamos encarnada (…) [El poeta] quiere la realidad, pero la realidad poética no es sólo la que hay, la que es; sino la que no es; abarca el ser y el no ser en admirable justicia caritativa, pues todo, todo tiene derecho a ser, hasta lo que no ha podido ser jamás. El poeta saca de la humillación del no ser a lo que en él gime, saca de la nada a la nada misma y le da nombre y rostro. El poeta no se afana para que las cosas que hay, unas sean y otras no lleguen a ese privilegio, sino que trabaja para que todo lo que hay y lo que no hay, llegue a ser. El poeta no teme a la nada”[2].

Luego de esta magistral comprensión de la poesía y de la labor del poeta que hace María Zambrano pregunto: ¿al igual que el poeta, el hombre que vive en actitud esperanzada no crea una unidad?  Y desde allí ¿La esperanza no es “unidad encarnada”? ¿Acaso el hombre esperanzado no quiere y vincula tanto la realidad, lo que hay, como lo que no es pero que puede ser, “lo real-posible”? ¿Acaso el hombre del cual hacemos referencia no trabaja al igual que el poeta para que aquello que aún no es llegue a ser?

La vida es como una vasija o un saco, es decir, en principio es vacía y cobra sentido en la medida en que la vamos llenando con experiencias, atreviéndonos a transformar en algo lo que antes era nada. Entonces decimos que así como el poeta, el hombre que vive en actitud esperanzada no teme a la nada, sino que la abraza y la colma de sentido.


[1] HESSE, Hermann, Demian, Madrid: Alianza Editorial, 1982, p., 171.

[2] Cf., Zambrano, María, filosofía y poesía, México: Fondo de Cultura Económica, 2001, p., 21-23.

lunes, 25 de junio de 2012

LA FILOSOFÍA COMO SABER DE LA ESPERANZA IV

“El mundo del mañana está en nuestras manos”

La evasión de la realidad es la enfermedad social del hombre contemporáneo. El material impermeable es el más vendido, son más frecuentados los gimnasios que las bibliotecas, resulta ser más rentable invertir en masacres que saciar el hambre y la sabiduría de los viejos deambula por las aulas de los ancianatos. No hay interés en afrontar la realidad propia ni la del otro. Así surge una necesidad y un imperativo para la filosofía: la reflexión filosófica debe entablar una relación dialogal con los problemas que acaecen a la realidad social que afrontan los hombres, para que estos puedan integrar al “tú” con un “yo” en vez de aislarles y sumirlos en la individualidad. Decimos entonces que se necesita habla y escucha para generar compromiso, pues sólo los hombres somos agentes de cambio social o porque, en palabras de Gabriel Marcel, “el mundo del mañana está en nuestras manos”[1]

Vivimos sin conciencia de nuestra finitud,
sin volvernos al reconocimiento de nuestra historia:
agonías, tristezas, triunfos, dichas…
Todo ello que constituye nuestro sentido de ser.
Ser aquí y ahora, ser mañana y siempre,
ser por nuestras obras, ser siendo concientes.
Conciencia ensoñadora que se crea en el presente,
presente que se inmola ante un devenir perenne.

Sin duda alguna en nuestras manos está el mañana que aun nos es incierto, pero que nos espera, y nos corresponde a nosotros labrar camino hacia el encuentro. Nos es imperativo inmolarnos con cada segundo que pasa para permitir el ser del otro, para permitir el devenir del tiempo, para permitir el devenir de nuevas experiencias que renuevan nuestra leve pero bella existencia. Así lo refiere Hermann Hesse en el poema escalones:

Así como toda flor se enmustia y toda juventud cede a la edad,
así también florecen sucesivos los peldaños de la vida;
a su tiempo flora toda sabiduría, toda virtud,
mas no les es dado durar eternamente.
Es menester que el corazón, a cada llamamiento,
esté pronto al adiós y a comenzar de nuevo,
esté dispuesto a darse, animoso y sin duelos,
a nuevas y distintas ataduras.
En el fondo de cada comienzo hay un hechizo
que nos protege y nos ayuda a vivir.

Debemos ir serenos y alegres por la Tierra,
atravesar espacio tras espacio
sin aferrarnos a ninguno, cual si fuera una patria;
el espíritu universal no quiere encadenarnos:
quiere que nos elevemos, que nos ensanchemos
escalón tras escalón. Apenas hemos ganado intimidad
en un morada y en un ambiente, ya todo empieza a languidecer:
sólo quien está pronto a partir y peregrinar
podrá eludir la parálisis que causa la costumbre.

Aun la hora de la muerte acaso nos coloque
frente a nuevos espacios que debamos andar:
las llamadas de la vida no acabarán jamás para nosotros...
¡Ea, pues, corazón arriba! ¡Despídete estás curado![2]






[1] MARCEL, Gabriel. Un cambio de esperanza. Buenos Aires: Guillermo Kraft Limitada, 1961, p., 284.

sábado, 16 de junio de 2012

LA FILOSOFÍA COMO SABER DE LA ESPERANZA III

"Un problema contemporáneo"

¿Quién podría tener el futuro en sus manos y no sentir la más fría desazón? ¿Quién puede ver lo que espera y no perder toda esperanza? ¿Cómo ser felices en un mundo de quietud donde ya todo está dado, donde el hombre ya no tiene perspectiva de futuro? ¿Cómo ser felices en un mundo de mera ancianidad, donde la inocencia y la inquietud del niño no tienen cabida? Quien diga vivir así es mejor que se declare muerto; quien no tiene esperanza no puede más que ver y quedarse en un ‘valle de lágrimas’, en un mundo ‘viejo’ donde la muerte reina, dado que la esperanza nos impulsa a recrear el mundo.
Cuando hablamos de recrear el mundo hacemos referencia a re-significarlo, pues es así como el hombre se re-significa también. El volver a significar implica adquirir una nueva visión y una nueva postura frente al mundo, frente a la realidad objetiva que circunda al hombre y desde allí al mundo y la realidad subjetiva que el hombre mismo experimenta. En este plano de la subjetividad donde para el hombre el mundo es su mundo, según diría Wittgenstein, la realidad, sin duda, cobra un significado distinto; un significado que la sociedad actual no reconoce gracias a que está viciada todavía por un pensar materialista que se heredó del empirismo y luego del positivismo. Permítasenos en este aspecto hacer referencia a un problema que afronta el mundo contemporáneo.
El problema de la contemporaneidad en realidad es un problema "viejo", que como un huracán en crecida se ha desarrollado de manera bárbara, más específicamente desde los siglos XVII y XVIII, siglos en los que imperó la filosofía empirista y con ella el materialismo, dando como resultado la cosificación y enajenación del hombre. Es decir, predominó el dominio de la razón instrumental que le amputó al hombre la necesidad y capacidad de trascendencia.
Entiendo trascendencia como el encaminarse hacia el encuentro con el ser. El hombre ha perdido toda posibilidad de contemplar al ser que lo origina, que lo posibilita; se ha olvidado incluso de sí mismo y en consecuencia se ha olvidado también de su igual.
Una vez habiéndole amputado al hombre su capacidad de trascendencia, se le amputa así toda esperanza y con ello todo sentido de pertenencia por su propio existir. El hombre contemporáneo no vive, lo viven. El pensar materialmente, el no ver más allá de lo que se le presenta le disminuye sus horizontes. Las demandas que el mundo contemporáneo exige: trabajar para pagar los servicios, para la alimentación, para estudio, para vivienda y demás necesidades que son ineludibles le hace olvidar que es un ser humano y le hace convertirse en máquina.
Cuando el hombre empieza a concebir como real sólo lo que es verificable, resulta que lo que se le convierte realmente importante es lo útil, se implementa el utilitarismo y el hombre sólo empieza a valer por lo que hace, incluso adquiere más valor lo que hace (el objeto o la cosa) que él que es quien lo hace, quedando así enajenado por su producto y en calidad de máquina ya que esto es lo único que en estos tiempos le permite sobrevivir.
             La pregunta que suscita es ¿cómo hacer que el hombre deje de sobrevivir y se dedique a vivir? El hombre sobrevive porque se encuentra consumido por el “ego”, esa prepotencia de creerse capaz de todo individualmente, de no reconocer al igual como su apoyo. 

             Hay una realidad, en el universo no existe un solo hombre sino que existen muchos en calidad de iguales; en la medida en que esto se reconozca los problemas de la humanidad no se acabarán pero sí disminuirán o serán más llevaderos; en la medida que el hombre trascienda hacia el ser que se le revela en el otro, comprenderá cuan valioso es vivir y existir. La vida cobraría un sentido esperanzador, pues, la confianza que deposita en su igual dejaría de ser una confianza meramente mediada por un contrato, para convertirse en una confianza medida por lo que vale el otro e implícitamente por lo que el hombre vale en relación con éste.

jueves, 17 de mayo de 2012

LA FILOSOFÍA COMO SABER DE LA ESPERANZA II

En camino hacia lo “todavía-no-dado”

El hombre que vive en actitud esperanzada no evade la realidad. La esperanza no es mera ilusión o fantasmagoría, sino que en ella se encuentra imbuido todo lo real, pero real no como inmutable y estático. Así lo atestigua Moltmann: 

“la esperanza no toma las cosas tal como se encuentran ahí, sino tal como caminan, tal como se mueven y pueden modificarse en sus posibilidades. Las esperanzas tienen sentido tan sólo mientras el mundo y los hombres que viven en él se encuentran en estado inacabado, en un estado de fragmento y experimentación (…) Por ello, las esperanzas y las anticipaciones del futuro no son una aureola resplandeciente, colocada sobre una existencia que se ha vuelto gris, sino que son percepciones reales de lo real posible, que ponen todo en movimiento y lo mantienen en variabilidad”.[1]
 
 De esta manera la esperanza no es un consuelo ante una existencia gris dado que no abarca un más allá sin termino, no se refiere a “lo real imposible” pero alentador, sino que se fundamenta enlo por-venir” como “lo real-posible”. El hombre y el mundo están en constante transformación y esto gracias al carácter de posibilidad, porque lo verdaderamente propio no se ha realizado ni en el hombre ni en el mundo, se halla en espera (…) Lo posible es, como lo no completamente condicionado, lo cierto[2]

Que lo propio del hombre y del mundo no esté realizado implica que están en camino. Esto lleva a pensar que nunca se llegará al final, sino que siempre estaremos en calidad de viajeros y, como seres finitos existencialmente, moriremos viajando y con la felicidad de haber hecho camino, de haber andado. En esto consiste la felicidad: en hacer camino. No en vano nos dice Fernando Gonzales que “el fin de la vida es conseguir capacidad de morir alegremente”. 

La concepción del hombre como viajero invita, entre otras cosas, a pensar que la esperanza nunca es una conquista. Pues, la conquista de una esperanza sería el vientre de toda desesperanza. De ahí que Comte-Sponville piense que “cada nueva esperanza está ahí sólo para hacer soportable la frustración de esperanzas previas”[3]. Pero si una desesperanza proviene de una esperanza previa es porque la esperanza se ha determinado, lo que de suyo es inconcebible. Esperar algo determinado no es una cuestión de esperanza, sino del deseo. Pues el deseo siempre está referido a un objeto o una cosa específica, algo de lo cual se carece, algo que se apetece, que se necesita y que demanda ser saciado. La esperanza no se refiere a nada determinado, sino que está abierta al horizonte para permitir el viaje hacia la felicidad y ésta nunca es algo determinado u objetivado. 

Aunque la esperanza al igual que el deseo está referida a algo de lo que se carece y que necesita -y por eso decimos que el hombre y el mundo están en estado inacabado, en espera-, se diferencia de éste precisamente por la cualidad de su referente; para el deseo es algo que está ahí ya dado, para la esperanza es algo que también está ahí pero como todavía-no-dado.  La esperanza en tanto búsqueda de lo todavía-no-dado es una invitación a la creación, mientras que el deseo por buscar lo dado es una invitación a la empoderación. He aquí otra gran diferencia.


[1] Cf., MOLTMANN, Jürgen, Teología de la esperanza. Salamanca: Sígueme, 1981, p. 31-32.
[2] Cf., BLOCH, Ernst, El principio esperanza, tomo I.  Trota, 2004, P., 237.
[3] COMTE-SPONVILLE, André, El mito de Ícaro, Madrid: Mínimo Transito, 2001, p., 11.

Fuente: Sofía

martes, 8 de mayo de 2012

LA FILOSOFÍA COMO SABER DE LA ESPERANZA I


“La filosofía tendrá que tener conciencia moral del mañana, tomar partida por el futuro, saber de la esperanza, o no tendrá ya saber ninguno.”
Ernst Bloch

Pensar en el mañana como detonante es arriesgarse a recrear el mundo junto con el hombre que lo habita. El hombre es ser-en-el-mundo como ya lo atestiguo Heidegger y como tal es un ser fragmentario e inacabado, haciendo a la vez al mundo tan fragmentario como él. En este campo el hombre pone en juego su pasado (su historia, su tradición), su presente (su ser-ahora), y su futuro (su no-ser). Pone en juego su realidad a partir de una deconstrucción de su existencia. Una existencia que es dinámica y tiene que ser así para que pueda tener algún sentido.

Que el mundo esté en estado de no-ser, en tanto inacabado y que el hombre esté, de manera ineludible, inmerso en tal mundo, supone un trabajo y tal es que busque la realización de su ser, desde la realización del mundo que habita y que por tal le pertenece, como un acto de responsabilidad, no sólo con él y el mundo, sino con la humanidad entera. Esto implica que el hombre se piense desde su historia, desde lo que en el ahora le acontece y finalmente de todo lo que esto le genera y le demanda en la construcción de su futuro

Lo que se pretende, pues, al situar al hombre y al mundo en estado inacabado, es situar a la filosofía, en tanto ésta aborda al hombre en relación con el mundo, como una filosofía que debe ser pensada, desde el pasado pero sin quedarse en él, desde el presente como su campo de acción y desde el futuro, especialmente, como garante de saber, como conciencia de supervivencia. 

Queremos hacer énfasis en el carácter de futuro como conciencia de supervivencia de la filosofía, porque si bien ésta tiene que plantearse los problemas que se presentan actualmente, tiene que pensarlos desde las implicaciones que estos puedan tener para la humanidad en un mañana, pues, ciertamente, ya tiene implicaciones en la humanidad del hoy. Todo esto puede ser elaborado muy bien desde los interrogantes ¿cuál es el mundo que queremos para las próximas generaciones? ¿Cuál es el tipo de hombre que estamos construyendo y que en realidad queremos construir? Esto último teniendo en cuenta que la realidad objetiva permea a todo ser humano en ella inmerso y que por tal le afecta. En definitiva el futuro del hombre y con él el del mundo deben ser pensados. 

El hombre, es una realidad que no era ayer lo que es en este instante y no es ahora lo que será mañana. Su ser de hoy se da con perspectiva de lo todavía no dado: la vida baila al compás de un melodioso resurgir que acontece al resucitar cada mañana, al llegar el alba, luego de la muerte ensayada que produce el sueño de la noche. Vive en apertura, en actitud esperanzada, para permitir que se abra el horizonte de aquello que en él está dado como posibilidad. Lo que de suyo muestra que el hombre es un ser inacabado. Es el ‘ya’ pero ‘todavía no’.

Abrir el horizonte es permitir el viaje. Es zarpar mar adentro, es atreverse a escalar la inacabada colina de la vida y ascender en el autoconocimiento, a partir del conocimiento del mundo, de la realidad. Emprender el viaje es permitir “que se pueda navegar así en sueños, que sean posibles sueños diurnos, muy a menudo sin garantía, esto es lo que caracteriza el gran lugar de la vida todavía abierta, todavía incierta en el hombre”[1].

Se reconoce aquí un problema en cuanto a la esperanza. Tal problema radica en que puede hacer que el hombre duerma y se sumerja en un profundo sueño, esperando algo que no es seguro que llegue y como resultado le genere frustración. Esto cargaría a la esperanza con significación peyorativa. Pero también reconocemos que rechazar la posibilidad o existencia de la esperanza es comprensible, pues no es fácil confiar en un futuro cada vez más lejano, un futuro que ha sido relegado a un ‘más allá’ sin término y que lleva a que el hombre viva el hoy sin perspectiva de futuro, sin reconocer que el futuro tiene su realidad desde el hoy que se vive.

Comprendemos así que algunos piensen que cada nueva esperanza está ahí sólo para hacer soportable la frustración de esperanzas previas, como es el caso de André Comte-Sponville; también comprendemos que se piense que la actitud esperanzada mantiene al hombre dormitado y que de esta manera no vive nunca, pero espera vivir. Como es el caso de Pascal, a quien cita Comte-Sponville en el prólogo del El Mito de Ícaro

Acerca de que el hombre no vive, sino que espera vivir –si entendemos esto como evasión de la realidad que nos circunda- Leibniz tiene una forma muy particular de llamarlo: la razón perezosa, rescatando la sabiduría de los antiguos. 

“En todo tiempo se han dejado llevar los hombres de un sofisma, que los antiguos llamaban la razón perezosa, porque lleva a no hacer nada, o por lo menos a no cuidarse de nada, y a seguir sólo la inclinación a los placeres del presente. Porque -se decía- si el porvenir es necesario, lo que debe suceder, sucederá, hágase lo que se quiera. Ahora bien; el porvenir -se añadía- es necesario, ya porque la divinidad lo prevé todo, y hasta lo preestablece de antemano al regir todas las cosas del universo”.[2]

            La problemática que entraña tan particular razón se resuelve fácil si sostenemos la exposición que traemos al respecto de que la esperanza tiene su realidad en el ahora, puesto que no espera conseguir algo quien no trabaja por conseguirlo. Si el hombre espera aferrado a que alguien o algo ajeno a él lo haga un ser finalizado, acabado, esto ya no es actitud esperanzada sino, actitud (o razón) perezosa, y estas dos actitudes, no son afines.  Sin embargo, si el porvenir es necesario, como esfera de realización del hombre, no lo es en tanto algo ya determinado, como si el destino de cada hombre estuviese fijado desde antes de ser formado o antes de salir del seno materno. El destino es en la medida en que se va construyendo, no en vano dice Antonio Machado: “caminante no hay camino se hace camino al andar”.

 Fuente: Sofía

[1] Cf., Ernst Bloch, El principio esperanza, tomo I. Madrid: Trotta, 2004, P., 237.
[2] LEIBNIZ, Godofredo Guillermo, Teodicea: ensayos sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal. Buenos Aires: Claridad, 1946, p., 35.

martes, 24 de abril de 2012

FILOSOFÍA PARA SER NIÑO

Mario Dominguez
Martes, 24 Abril, 2012
Hace algún tiempo, más propiamente el 4 de mayo de 2009, la revista Emeequis publicó la siguiente noticia: “¡Extra! ¡Extra! Adolescentes se transforman en Zombies” en la que se informa que dicha transformación es una “abominable consecuencia por haber borrado la filosofía de los planes de estudio de la SEP para bachillerato”. Y recientemente el filósofo Gabriel Vargas Lozano dijo en una entrevista con Casa del Tiempo que la enseñanza de la Filosofía debe empezar con los niños  “mediante juegos lógicos, cuentos y diálogos adecuados a su edad para despertarles su inteligencia”. 

Antes de ser adolescente se es niño. ¡Y quién lo creyera, también hay niños Zombies! Niños a quienes se les ha privado de su niñez, niños autómatas. Niños que cada vez preguntan menos, dado que no hay indagación al respecto de las preguntas, sino respuestas inmediatas, respuestas, por demás, estandarizadas. Niños con su niñez adormecida por los videojuegos, la televisión, los Ipod, etc. 

Poco o nada se habla de esto, pero los niños también padecen la globalización, el neoliberalismo y sucumben ante las atracciones que les presenta el Gran Capital. Aquí toman vigencia y protagonismo, también, las palabras tan crudas de Eduardo Galeano: 

“Día tras día, se niega a los niños el derecho a ser niños. Los hechos, que se burlan de ese derecho, imparten sus enseñanzas en la vida cotidiana. El mundo trata a los niños ricos como si fueran dinero, para que se acostumbren a actuar como el dinero actúa. El mundo trata a los niños pobres como si fueran basura, para que se conviertan en basura. Y a los del medio, a los niños que no son ricos ni pobres, los tiene atados a la pata del televisor, para que desde muy temprano acepten, como destino, la vida prisionera. Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños”[1].

Uno de los derechos del niño, el esencial, es el derecho a ser niño. La imaginación es la materia prima, el sine qua non, del ser niño. Sin la cual la vida y el mundo son una cárcel. Sin la cual no hay libertad. La imaginación estimula el pensamiento, dibuja otras realidades, ensancha el mundo; revoluciona la vida, pues, posibilita otras maneras de entenderla, de vivirla. Recordemos que, tal como bien lo indica Carlos González, “sólo imaginando otros mundos podemos desearlos, y por tanto decidirnos a cambiar el mundo que conocemos.”[2]
 
Cambiar el mundo, es aquí donde la filosofía juega su rol fundamental. Ya el filósofo alemán Ernst Bloch lo indicaba en una de sus máximas más queridas: “Pensar significa traspasar”. La filosofía es, desde esta perspectiva, pensamiento creador. No se trata sólo de imaginar, sino de darle piso a lo imaginado; construir mundo. La enseñanza de la ética, que se trata relacionalmente del bienestar común; de la lógica, que procura coherencia y orden; de la estética, que procura creación y estimula el juicio crítico a partir de lo que gusta o disgusta y con esto un modo de vida. La filosofía procura un modo de vida, creativo, crítico, dinámico; procura que el niño piense y ordene su mundo según unos criterios razonables. Aun cuando sea razonable a la manera del niño, pues no se trata de adultecerlos. Tan sólo de mostrarles un camino distinto y, a nuestra manera de verlo, el mejor de los caminos, el de la filosofía.

La filosofía tiene como piedra angular el asombro. El asombro es por definición lo que nos desanquilosa; filosóficamente es lo que posibilita y dinamiza el pensamiento, procura la indagación,  insertándonos en el mundo y sacándonos de él proponiendo dialécticamente otros mundos posibles. Así la propuesta del maestro Gabriel Vargas Lozano no es descabellada cuando dice que “la filosofía debería ser un derecho para todos. Derecho de juzgar, cuestionar, criticar, discernir, problematizar, conceptualizar, argumentar”[3].

Así pues, abogamos por la enseñanza de la filosofía, no sólo en la educación media superior, sino desde la niñez. No debemos perder de vista que “los niños son profundos y desconcertantes, y esta combinación es el clásico territorio de la filosofía”[4].

La filosofía para niños requiere una dinámica bastante diferente de la filosofía que se imparte en el bachillerato; es más, en términos generales la filosofía requiere una dinámica diferente en su enseñanza. Pero esto es motivo de próximas reflexiones. La dinámica de la enseñanza de la filosofía para niños depende exclusivamente de la edad del niño, dado que según esta, así es el mundo que habita, no se puede tratar de igual manera a un niño de 7  que a uno de 9 ó 10 años. Además en la mayoría de los casos de acuerdo a la edad su grado de escolaridad es también diferente, algunos serán más versados en la escritura y la lectura que otros, y esto es bien importante tenerlo en cuenta.

Sin embargo, el mayor de los recursos de la filosofía es la palabra y con ella el diálogo. Matthew Lipman propone hacer con los niños una comunidad del diálogo, mediante la cual estos se expresan, elaboran preguntas, elaboran respuestas, argumentan, reconocen la importancia del otro, el respeto, la tolerancia; toman conciencia de los espacios y del tiempo. La propuesta de Lipman es viable, tanto así que se han creado varios centros de Filosofía para Niños con gran éxito.

Ahora bien, la comunidad del diálogo no es la única posibilidad de hacer Filosofía para Niños. El arte nos brinda herramientas exquisitas de las cuáles nos podemos servir. La pantomima, por ejemplo, estimula el pensamiento lógico y la interacción cuerpo-mente generando patrones de coherencia, además de posibilitar y desarrollar el tan complejo ejercicio de pensar-actuar de una manera tan coherente que el otro, el espectador o receptor, lo pueda entender. 

Está también la pintura que, filosóficamente, puede ser entendida como una figuración del mundo. Esto sólo por citar otros ejemplos o recursos didácticos que los que comúnmente se plantean, tales como la lectura y la escritura, que son los más implementados.

Enseñar Filosofía a los niños es según lo hemos planteado necesario y posible. Necesario pues no queremos niños Zombies y autómatas, sino niños que sean niños; y posible porque hay los recursos suficientes para Filosofar con ellos.


[1] Citado por Sylvia Jaime en “Cambio de marcha en la enseñanza de la filosofía”, ponencia recopilada en “La situación de la filosofía en la educación media superior”, Gabriel Vargas Lozano (Compilador). Ed. Torres y asociados: 2011, p. 151.
[2] En: Alison Gopnik. “El filósofo entre pañales”. Planeta: Madrid, 2010. P, 13. (Prólogo)
[3] Gabriel Vargas Lozano, “La situación de la filosofía en la educación media superior”. Ibíd., p, 204.
[4] Alison Gopnik. Op. cit., p, 19.