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martes, 28 de agosto de 2012

Sobre la eliminación de la filosofía, la globalización de la estupidez y la hegemonía del poder capitalista


La escuela, la universidad y todo centro educativo pensado como fábrica auguran una humanidad estúpida y servil. Quien no piensa está condenado a ser siervo del que piensa por él. Una sociedad estúpida es una sociedad de fácil manejo. Todo esto lo saben bien los grandes emporios económicos, que son los que deciden el destino del mundo; son quienes manejan quitando y poniendo presidentes, gobernadores, alcaldes, etc.; Además son quienes deciden qué se vende y qué se compra y hasta quién vive y quién muere. Todo de acuerdo a sus conveniencias, caprichos y necesidades.

Es sabido que el pensamiento, el propio, el que guía la voluntad, el que devela verdades, el que procura la autonomía del sujeto, el que crea individuos libres, es el enemigo número uno de un sistema hegemónico capitalista. Y como todo enemigo debe ser eliminado, la filosofía cuenta sus días. 

El plan Bolonia, en Europa; la Reforma a la Ley 30 de Educación Superior, en Colombia; la Reforma Integral a la Educación Media Superior (RIEMS), en México y el proyecto Tuning para Latinoamerica. Reformas, todas ellas que responden a las presiones de los Organismos Internacionales como la OCDE, el Drácula capitalista. 

La libertad es uno de los anhelos más profundos del hombre, por ello es un arma de control masiva, poderosísima; para el sistema es importante mantener este anhelo como anhelo, no como una realidad fáctica, tan sólo como promesa. Libre mercado, libre expresión; cadenas de libertad. Mientras la libertad siga siendo una promesa, seguirá siendo nuestra mayor condena. En la escuela se habla y se les enseña a los estudiantes sobre la libertad, pero no a ser libres. Si realmente queremos educar en libertad, nuestros estudiantes deben ser libres en la escuela. Este es el planteamiento de la filosofía, por ello se torna peligrosa.

La educación actual gesta los hijos bobos del capitalismo, esos que dependen, que no hacen más que botar baba mientras ven televisión, duermen, comen y cagan; los eternamente menores de edad a los que se refiere Kant. La sociedad, el mundo actual en que vivimos, requiere hombres ilustrados, esos que hacen uso público de su razón. Hombres nuevos que desafíen a Hobbes y actualicen  Ernst Bloch, que sean hombres y no lobos para el hombre; que hagan del mundo su patria y no su prisión.

El maestro Estanislao Zuleta, es pionero en decir lo que ahora muchos recordamos en esta defensa por la filosofía, que no es otra cosa que la defensa por el hombre íntegro: “Un hombre que pueda pensar por sí mismo, apasionarse por la búsqueda del sentido o por la investigación, es un hombre mucho menos manipulable”. La filosofía es así, como enseña la UNESCO: “Una escuela de la libertad”. Una escuela a la que, por derecho fundamental, todos debemos tener acceso, de manera casi que imperativa. 

Eliminar la filosofía de los planes de estudio en esta era de la globalización, equivale a globalizar la estupidez y con ello mantener la hegemonía del poder capitalista. Este es el objetivo magno de los proyectos reformistas educacionales actuales. No se busca educar en libertad para la libertad, para la paz; sino en competencias para la competencia, para la guerra, dado que la competencia es el principio de toda guerra. [1]

Es de conocimiento general que "al sistema –dice Estanislao Zuleta- no le interesa mucho, desde el punto de vista de la eficacia de su aparato productivo y de su eficacia social, que el individuo se realice y se desarrolle en sus posibilidades, sino que haya interiorizado la humildad frente a sí mismo... Todo hombre racional es un hombre desadaptado, porque es un hombre que pregunta; por el contrario, el hombre adaptado es un hombre que obedece... El sistema necesita formar gentes que hayan interiorizado una relación de humildad con el saber (...) La educación tiende a producir un individuo heterónomo, que carezca al máximo de autonomía, y que dependa de los demás... Para lograrlo la escuela crea una actitud de fe ciega en el otro y de ignorancia asumida sobre sí mismo". 

La educación debe ser pensada en aras de combatir la globalización de la estupidez y el servilismo, en aras de formar individuos libres para una sociedad “democrática”. Aunque cabe advertir que la democracia es también un “opio para el pueblo”, como lo es la libertad, siempre y cuando estas se sigan manteniendo como mero anhelo. Se requiere de una educación con filosofía, como enseña el maestro Estanislao Zuleta, para instaurarlas. 


Mario Domínguez 
28 de agosto de 2012


[1]  ¡Y es que la guerra resulta útil para capitalizar, para dominar! Sino pregúntesele a los Estados Unidos.

 


martes, 31 de julio de 2012

Sobre pedagogía infantil


La labor de maestro es una de las más hermosas siempre y cuando este abandone la prepotencia que le hace pensar que está por encima de aquellos a quienes les enseña. Aunque la educación puede resumirse como una labor de enseñanza-aprendizaje, se hace casi que imperativo que se piense esto de manera bidireccional, es decir donde los dos enseñan y los dos aprenden. Esto sugiere abandonar un modo de pensar y actuar tradicionalista, según el cual el maestro enseña y el estudiante aprende. Todo esto lo digo de manera específica en la educación infantil. No se puede enseñar a los niños, sino siendo como los niños. He aquí la bidireccionalidad que propongo: el niño enseña al maestro a ser niño y siendo niño el maestro educa al niño. Si consideramos esta como la esencia de la labor docente, la educación y la escuela cobran otro sentido, a la vez que la disposición del niño cambia para querer aprender.

Hace unos días tuve la siguiente plática con Iván, uno de los niños que participan del curso de verano que impartimos con mi esposa –la lic. Lucía Agraz- y la Organización Juvenil Utopía: ¿te gusta la escuela? A lo que respondió: “más o menos”; luego le pregunté ¿qué es lo que más te gusta de la escuela? Y dijo: “jugar” y ¿qué no te gusta? Seguí preguntando y él contestó: “estudiar”.

La práctica pedagógica ha hecho caer en desuso la máxima aristotélica según la cual “todo hombre por naturaleza quiere saber”, al igual que aquél decir según el cual “hay que ser como niños”, en el sentido de la inquietud, que es una de las mayores cualidades científicas. La escuela es hoy un lugar al que los niños van porque “tienen que ir”, es el lugar al que se va animoso porque van a estar los amigos con quienes jugar, pero no es un recinto de aprendizaje o de estudio, esta es la parte aburrida de ir a la escuela.

Es aquí donde surge lo “ingrato” de la educción. Esta es una queja común: la labor docente es una labor ingrata porque los estudiantes no reciben las enseñanzas según las esperanzas de los maestros. Al contrario, se duermen en clases, hacen las tareas de una materia distinta al de la que está recibiendo en el momento, hablan “hasta por los codos”, juegan, pelean, etc. Pero escasas veces atienden a las clases con gusto, sólo cuando algo se les hace interesante. Algo también poco común.

Los tiempos han cambiado y con ello los modos de ser de las personas, dado que, como como diría Darwin, todos nos adaptamos al contexto en el que vivimos para poder desenvolvernos en él. Sin embargo, los modelos pedagógicos parecen no caminar al mismo ritmo, siendo así que no responden a las exigencias de las nuevas generaciones que habitan un mundo globalizado, donde todo pasa muy rápido y en el que la innovación es un criterio sine qua non para todo (léanse las obras de Zigmunt Bauman sobre lo “liquido”). La labor docente debe replantearse al igual que la función de la escuela. Esta última no sólo en perspectiva económica o de competitividad, tal como plantean las últimas reformas educativas a nivel mundial, pues este parece ser el único respecto en el que la educación y la escuela caminan a la par con la globalización, dado que los intereses son sólo de orden capitalista y los gobiernos únicamente responden a las necesidades de la industria y al poder corporativo multinacional.  

La escuela aunque innegablemente es un negocio, debe ser pensada primordialmente como un espacio que propicia el saber, para el buen vivir, para el pleno desarrollo humano; por tanto el valor principal a tener en cuenta es “lo humano”. Esto son los niños: seres humanos, llamados a ser humanos. Y así debería tratársele, no como un aparato que se puede diseñar y programar a partir de una serie de conocimientos pre-establecidos y carentes de sentido, sin ningún interés para el niño.

Hay que pensar y trabajar en esto, en hacer interesante la escuela, y para esto se hace necesario agregarle un integrante más a la dupla enseñanza-aprendizaje y crear una terna: enseñanza-aprendizaje-diversión. En mis recientes trabajos con niños he aprendido que se puede enseñar de manera divertida, ¿cómo? Haciendo a los niños parte de su proceso de aprendizaje. El aprendizaje es un proceso y para que los niños quieran hacer parte de este hay que involucrarlos y dejar de tratarlos como un saco al que hay que llenar.

Para involucrar a los niños habría que involucrarse con los niños, atender a sus intereses, descubrir y aprovechar sus capacidades, reforzar aquellos aspectos que haya que reforzar, buscando los mecanismos que le acerquen lo que parece inalcanzable, con paciencia, o con los que algunos han dado por llamar “vocación”.

Mario Domínguez
Fuente: La Jornada
31 de julio de 2012

martes, 24 de abril de 2012

FILOSOFÍA PARA SER NIÑO

Mario Dominguez
Martes, 24 Abril, 2012
Hace algún tiempo, más propiamente el 4 de mayo de 2009, la revista Emeequis publicó la siguiente noticia: “¡Extra! ¡Extra! Adolescentes se transforman en Zombies” en la que se informa que dicha transformación es una “abominable consecuencia por haber borrado la filosofía de los planes de estudio de la SEP para bachillerato”. Y recientemente el filósofo Gabriel Vargas Lozano dijo en una entrevista con Casa del Tiempo que la enseñanza de la Filosofía debe empezar con los niños  “mediante juegos lógicos, cuentos y diálogos adecuados a su edad para despertarles su inteligencia”. 

Antes de ser adolescente se es niño. ¡Y quién lo creyera, también hay niños Zombies! Niños a quienes se les ha privado de su niñez, niños autómatas. Niños que cada vez preguntan menos, dado que no hay indagación al respecto de las preguntas, sino respuestas inmediatas, respuestas, por demás, estandarizadas. Niños con su niñez adormecida por los videojuegos, la televisión, los Ipod, etc. 

Poco o nada se habla de esto, pero los niños también padecen la globalización, el neoliberalismo y sucumben ante las atracciones que les presenta el Gran Capital. Aquí toman vigencia y protagonismo, también, las palabras tan crudas de Eduardo Galeano: 

“Día tras día, se niega a los niños el derecho a ser niños. Los hechos, que se burlan de ese derecho, imparten sus enseñanzas en la vida cotidiana. El mundo trata a los niños ricos como si fueran dinero, para que se acostumbren a actuar como el dinero actúa. El mundo trata a los niños pobres como si fueran basura, para que se conviertan en basura. Y a los del medio, a los niños que no son ricos ni pobres, los tiene atados a la pata del televisor, para que desde muy temprano acepten, como destino, la vida prisionera. Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños”[1].

Uno de los derechos del niño, el esencial, es el derecho a ser niño. La imaginación es la materia prima, el sine qua non, del ser niño. Sin la cual la vida y el mundo son una cárcel. Sin la cual no hay libertad. La imaginación estimula el pensamiento, dibuja otras realidades, ensancha el mundo; revoluciona la vida, pues, posibilita otras maneras de entenderla, de vivirla. Recordemos que, tal como bien lo indica Carlos González, “sólo imaginando otros mundos podemos desearlos, y por tanto decidirnos a cambiar el mundo que conocemos.”[2]
 
Cambiar el mundo, es aquí donde la filosofía juega su rol fundamental. Ya el filósofo alemán Ernst Bloch lo indicaba en una de sus máximas más queridas: “Pensar significa traspasar”. La filosofía es, desde esta perspectiva, pensamiento creador. No se trata sólo de imaginar, sino de darle piso a lo imaginado; construir mundo. La enseñanza de la ética, que se trata relacionalmente del bienestar común; de la lógica, que procura coherencia y orden; de la estética, que procura creación y estimula el juicio crítico a partir de lo que gusta o disgusta y con esto un modo de vida. La filosofía procura un modo de vida, creativo, crítico, dinámico; procura que el niño piense y ordene su mundo según unos criterios razonables. Aun cuando sea razonable a la manera del niño, pues no se trata de adultecerlos. Tan sólo de mostrarles un camino distinto y, a nuestra manera de verlo, el mejor de los caminos, el de la filosofía.

La filosofía tiene como piedra angular el asombro. El asombro es por definición lo que nos desanquilosa; filosóficamente es lo que posibilita y dinamiza el pensamiento, procura la indagación,  insertándonos en el mundo y sacándonos de él proponiendo dialécticamente otros mundos posibles. Así la propuesta del maestro Gabriel Vargas Lozano no es descabellada cuando dice que “la filosofía debería ser un derecho para todos. Derecho de juzgar, cuestionar, criticar, discernir, problematizar, conceptualizar, argumentar”[3].

Así pues, abogamos por la enseñanza de la filosofía, no sólo en la educación media superior, sino desde la niñez. No debemos perder de vista que “los niños son profundos y desconcertantes, y esta combinación es el clásico territorio de la filosofía”[4].

La filosofía para niños requiere una dinámica bastante diferente de la filosofía que se imparte en el bachillerato; es más, en términos generales la filosofía requiere una dinámica diferente en su enseñanza. Pero esto es motivo de próximas reflexiones. La dinámica de la enseñanza de la filosofía para niños depende exclusivamente de la edad del niño, dado que según esta, así es el mundo que habita, no se puede tratar de igual manera a un niño de 7  que a uno de 9 ó 10 años. Además en la mayoría de los casos de acuerdo a la edad su grado de escolaridad es también diferente, algunos serán más versados en la escritura y la lectura que otros, y esto es bien importante tenerlo en cuenta.

Sin embargo, el mayor de los recursos de la filosofía es la palabra y con ella el diálogo. Matthew Lipman propone hacer con los niños una comunidad del diálogo, mediante la cual estos se expresan, elaboran preguntas, elaboran respuestas, argumentan, reconocen la importancia del otro, el respeto, la tolerancia; toman conciencia de los espacios y del tiempo. La propuesta de Lipman es viable, tanto así que se han creado varios centros de Filosofía para Niños con gran éxito.

Ahora bien, la comunidad del diálogo no es la única posibilidad de hacer Filosofía para Niños. El arte nos brinda herramientas exquisitas de las cuáles nos podemos servir. La pantomima, por ejemplo, estimula el pensamiento lógico y la interacción cuerpo-mente generando patrones de coherencia, además de posibilitar y desarrollar el tan complejo ejercicio de pensar-actuar de una manera tan coherente que el otro, el espectador o receptor, lo pueda entender. 

Está también la pintura que, filosóficamente, puede ser entendida como una figuración del mundo. Esto sólo por citar otros ejemplos o recursos didácticos que los que comúnmente se plantean, tales como la lectura y la escritura, que son los más implementados.

Enseñar Filosofía a los niños es según lo hemos planteado necesario y posible. Necesario pues no queremos niños Zombies y autómatas, sino niños que sean niños; y posible porque hay los recursos suficientes para Filosofar con ellos.


[1] Citado por Sylvia Jaime en “Cambio de marcha en la enseñanza de la filosofía”, ponencia recopilada en “La situación de la filosofía en la educación media superior”, Gabriel Vargas Lozano (Compilador). Ed. Torres y asociados: 2011, p. 151.
[2] En: Alison Gopnik. “El filósofo entre pañales”. Planeta: Madrid, 2010. P, 13. (Prólogo)
[3] Gabriel Vargas Lozano, “La situación de la filosofía en la educación media superior”. Ibíd., p, 204.
[4] Alison Gopnik. Op. cit., p, 19.

martes, 20 de marzo de 2012

Invitación a Pensar

Les comparto la Revista PROTREPSIS, Revista de filosofía de la Universidad de Guadalajara y les invito a leer mi artículo "Invitación a pensar" pags 37-47. Provecho a todos!

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jueves, 17 de noviembre de 2011

ENSEÑAR A APRENDER


 “El proyecto mismo de la filosofía no puede desligarse de la cuestión pedagógica”
Fernando Savater


He aquí uno de los deberes de la educación: “mantener abierta la marcha del discurso” (Cfr., Gadamer: 2004,193) y es aquí donde la filosofía cumple su papel pedagógico. La pedagogía trata de las relaciones entre la enseñanza y el aprendizaje. La enseñanza es un proceso según el cual se transmiten conocimientos y el aprendizaje es el proceso según el cual se recibe el conocimiento que se está transmitiendo. Así la “enseñanza-aprendizaje” es un proceso de transmisión y asimilación de conocimientos. El maestro enseña, el estudiante aprende. Así funciona la educación: hay uno que domina un saber y lo transmite y otro que carece de ese saber y lo recibe de quien lo conoce. Este modelo pedagógico es filosóficamente estéril, no hay discurso, no hay dinamismo, el saber se anquilosa, no hay investigación, no hay diálogo, no hay nada. Así pues, lo importante no es transmitir un conocimiento, lo realmente “importante es enseñar a aprender” (F. Savater, 1997, 50).

“El profesor de bachillerato no puede nunca olvidar que su obligación es mostrar en cada asignatura un panorama general y un método de trabajo a personas que en su mayoría no volverán a interesarse profesionalmente por esos temas. No sólo ha de limitarse a informar de los hechos y las teorías esenciales, sino que también tiene que intentar apuntar los caminos metodológicos por los que se llegó a ellos y pueden ser prolongados fructuosamente. Informar de lo ya conseguido, enseñar como puede conseguirse más: ambas tareas son imprescindibles, porque no puede haber ‘creadores’ sin noticias de lo fundamental que les precede –todo conocimiento es transmisión de una tradición intelectual- ni sirve de nada memorizar formulas o nombres a quien carece de guía para la indagación personal” (F. Savater, ibíd. 125).

El profesor pone las bases y propende por que el estudiante construya. Sostenemos que sólo enseñando a prender se mantiene abierta la marcha del discurso. El maestro ha de ser modelo, ha de ser ejemplo para el estudiante. Se hace fácil cuando de impartir una cátedra en un aula académica se trata, el seguir los módulos, más aún si estos vienen con talleres que permiten mantener al estudiante ocupado, por eso no es extraño encontrar que en una escuela el profesor de ingles sea a su vez el profesor de ética y el profesor de educación física sea el profesor de filosofía: no se necesita dominar un saber, se necesitan módulos que lo contengan.

Sólo enseña a aprender aquél que está en constante aprendizaje. Es decir, el profesor debe asumirse como un eterno estudiante, maestro de esto es el filósofo de Envigado Fernando González, quien se reconoce como tal en su “Don Mirócletes”. Un profesor no debe conformarse con el conocimiento que pueda tener sobre alguna materia específica, sino que debe dinamizar su saber, renovarlo mediante la investigación.

El profesor según nos enseña Savater debe “estimular a que los demás hagan hallazgos, no pavonearse de los que él ha realizado” (ibíd., 124), “pero sobre todo el profesor tiene que fomentar las pasiones intelectuales, porque son lo contrario de la apatía esterilizadora que se refugia en la rutina y que es lo más opuesto que existe a la cultura” (ibíd., 125).


Bibliografía

Gadamer, Hans-Georg, Verdad y método II, Sígueme, Salamanca, 2004.
Savater, Fernando, El valor de educar, Ariel, Barcelona, 1997.